MUJER MUJER - DETRÁS DE UNA GRAN MUJER. ESTÁ ELLA MISMA

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Stephanie Biscomb

Co-fundadora de Les Mots, intento de agencia freelancista y excusa para hacer cosas lindas. Ex periodista. Ex carrasquense. Ex veinteañera. No le gusta hablar en tercera persona. Su sueño es ser una de esas personas que hace ejercicio por gusto. @catatonias

Celos y envidia

No me considero una persona celosa. Sí, claro, yo también digo: “¡Qué divino, qué envidia!” cada vez que una amiga me dice que se va de viaje o cuando alguien me cuenta que estuvo un fin de semana entero mirando tele postrado en el sillón. Pero, ¿celosa, celosa? No, yo creo que no. Nunca entendí mucho esa trama de serie yankee en donde uno decide coquetear con otra persona para darle celos a quien duerme a su lado. O las investigaciones frecuentes a los celulares del otro, o el compartirse todas las contraseñas habidas y por haber así el otro se siente presionado (?) a no cometer cagadas.

Bueno, en realidad, ahora que me acuerdo… tampoco les quiero mentir. Una vez le revisé toditos los mails a un ex, hace muchísimo tiempo. Pero, ¿saben qué es lo que buscaba? Siguiendo con mi afán de GANADORA TOTAL, me divertía encontrar algún mailcito o algún textito donde él le contara a alguien lo maravilloso que había sido conocerme y tenerme en su vida. Real.

Juro por Ru Paul que esto es cierto.

Se imaginan lo que encontré, ¿no? Sí, lo que están pensando. En épocas pre-Whatsapp, el hijo de su madre levantaba ex piques por mail y después los borraba. Pero no se percataba que igual quedaban en la carpeta de enviados. Y como yo estaba buscando cosas que había escrito él y no los demás – en fin. Leí un par y después cerré todo como si fuese un tablero gigante de Jumanji, o de la Ballena Azul para aquellos lectores que no hayan visto películas de los '90.

¿Y qué hice con esta información? Nada. Seguí con él como dos años más porque INCLUSO habiendo encontrando eso, pensé que lo más probable era que les escribía para divertirse pero seguramente no hacía nada. Y si le preguntaba, quedaba como una celosa. Y yo no soy celosa. Entonces no dije nada.

Al final me terminó dejando por otra. A través de una conversación del chat de MSN. Mientras yo estaba de viaje por laburo. Y no volvía hasta dentro de dos semanas. Pero lo maravilloso fue que, incluso durante toda la bola de caca que implica una separación y con la complicación de ego golpeado que tuvo esta en particular, yo siempre insistía: por lo menos sé que yo no tuve nada que ver. Por lo menos ahora sé que, gracias a mi investigación anterior, el loco siempre fue medio pelotudo. Menos mal que se enamoró de un pique. Menos mal que esto no prosiguió. #MenosMalQueNoMeCasé.

Y ojo que tampoco es que me sienta que soy una superada de aquellas. En realidad, durante mucho tiempo pensé que no ser celosa era una carencia magnánima de mi personalidad. Pensaba que, al no ser celosa, estaba siendo un poco menos humana, menos instintiva. Hasta que me di cuenta que quizás tenía un poquito menos que ver con mi condición de mortal y un poquito más que ver con que siempre fui de inexplicablemente quererme demasiado.

Es que tiene sentido. Cuanto más me quiero a mí misma, más sos un zopenco si andás en cualquiera. Cuanto más me amo, más perdés vos al irte de esta relación de forma tan terminal. Cuanto más valor me doy a mí misma, menos valor tiene lo que haya en tu Whatsapp.

Por todo eso me resulta sumamente sorpresiva mi reacción instintiva y visceral cada vez que mi novio me dice que se quiere ir de vacaciones con los amigos. Solos, sin nenas, la típica. Lo primero que quiero decir es: “NOOOOOOOooooo”, así con Os más grandes y después varias Os chiquitas. Pero después lo pienso y, para mi sorpresa, quiero seguir diciendo que no. No, no te vayas. No, quedate acá embolado con cincuenta grados bajo la sombra. No, quedate acá conmigo levantando caca del perro del parqué porque afuera llueve todos los días. No.

Pienso: NO. Pero, ¿alguna vez le he dicho que no se vaya? Por supuesto que tampoco. Es que en realidad no soy quien para darle permiso o no; uno es grande y puede hacer lo que quiera. Y, además, hay otra cosa: yo no soy celosa. Si le digo que no, quedo como celosa. Pero yo no soy celosa. Entonces, ¿por qué me nace tanto el NO?

¿Será que tengo estrés post traumático de mis experiencias anteriores? ¿Será que en el fondo los celos son instintivos? ¿Será que soy celosa? ¿Será que hay un tema de convenciones sociales? ¿Será que odio cómo me miran los demás cuando les digo que mi novio se va de vacaciones sin mi persona? Sí, lo odio, pero no es eso.

Hace poquito lo descifré. Cuando mi novio me dice que se va de vacaciones con los amigos, no es que sienta celos. Siento envidia. Una verde, supurante, densa y gutural envidia. Y por eso tengo ganas de decirle que no. Porque no es que no quiera que él se vaya; yo también me quiero ir de vacaciones con mis amigas.

Porque no es que quiera que él la pase mal en la ciudad con 50 grados bajo la sombra o congelado como un témpano mientras desciframos cómo sacar el olor a pis del living desde que tenemos perro. El tema es que yo no quiero quedarme a padecerlo sola. Que él se vaya me hace acordar que yo me quedo. Que ya no nos vamos de vacaciones con mis amigas. Que estoy un poquito atrapada en el limbo entre mis amigas que se van de vacaciones a matarse, mis amigas que no tienen tiempo y mis amigas que se van de vacaciones con ochenta paquetes de pañales.

Porque se ve que, al final, el problema no es que sea celosa. El problema es que soy una envidiosa de cuarta. Y como suele suceder siempre que a uno no le cierra algo, el problema no es el otro. El problema siempre termina siendo uno mismo.

El primer paso es reconocerlo. El segundo, claro está, planificar vacaciones con amigas antes de que esto vuelva a suceder. Así que ni nos vimo’, gente. Y si necesitan a alguien para justificarse a ustedes mismos -y a su bolsillo- el tener vacaciones dos veces en el año, ya saben a quien llamar ;-)