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Natalia Trenchi

Médica, psiquiatra de niños y adolescentes y psicoterapeuta cognitivo-conductual. Piensa seguir trabajando mucho más para conseguir que nuestros niños crezcan más felices, fuertes, buenos y respetados.

Mantenerse cerca, siempre

Hace rato ya que sabemos que el mejor ecosistema de crianza para los niños es la familia, con padres cuidantes, sensibles, empáticos, comprometidos y respetuosos de las individualidades de sus hijos, entre otras muchas cosas.

Esto no es una construcción cultural ni algo que inventamos las personas: es un
mandato biológico de la naturaleza. Viene cableado desde lo profundo de nuestra esencia.

Las crías nos necesitan para sobrevivir y vienen preparadas para dejarse cuidar, mientras nosotros los adultos entramos en una especie de “modo crianza” que nos hace poner el foco casi exclusivo durante un tiempo en ellos: darles de mamar, atenderlos, cuidarlos. El tiempo pasa y ese vínculo del que literalmente depende la vida de la cría se va transformando sin perder por ello importancia crucial. Llega el momento en que ya no hay que alimentarlos ni abrigarlos porque ya lo pueden hacer solos, ganan autonomía y empiezan incluso a tener vida propia lejos de sus padres.

Un gran error es pensar que porque ellos están creciendo, nos necesitan menos. Para nada: cuando llegan a la escuela, al liceo (e incluso más adelante) nos siguen necesitando, sólo que de otra manera. Ya no para que andemos atrás diciéndoles que tienen que terminar la sopa o preparar la mochila para el otro día, sino como referente natural, figura de confianza y contención. Ellos crecen y seguimos siendo importantes y necesarios en sus vidas para que sigan construyéndose como personas, tarea tan prolongada en la raza humana.

Ya sé que muchos de ustedes estarán pensando: “pero no quiere ni escuchar lo que yo tengo para decirle” o “ todo lo que le digo le parece mal”. Sí, me lo imagino porque es normal. Es saludable que llegue el día en que nos discutan o critiquen porque eso es necesario como una etapa para diferenciarse, para no quedar como un mero apéndice de los padres. El problema es cuando esta diferenciación surge como consecuencia de actitudes que tomamos los adultos y que terminan alejando a los hijos. Eso tenemos que cuidar. Porque ellos nos necesitan cerca física y emocionalmente para seguir creciendo, aunque sea para estar en desacuerdo. Esto no se puede hacer a control remoto. Es necesaria la conexión directa que nos da la mirada a los ojos, el contacto físico, la palabra, el compartir vida y actividades, proyectos y esperanzas. Es ese vínculo el que le da fuerza a lo que queremos trasmitir.

Si queremos aprovechar al máximo nuestra influencia en la crianza y construcción de nuestros hijos como personas, los tenemos que mantener cerca, y para eso tenemos que aprender a no ahuyentarlos con actitudes que, aunque puedan ser bien intencionadas, los alejan.

Se van a alejar :
- Si los juzgamos todo el tiempo
- Si sólo marcamos los errores y somos ciegos a lo que hacen bien
- Si los avergonzamos o humillamos
- Si respondemos a sus errores con enojo desbordado
- Si confundimos lo que hacen con lo que son

Lamentablemente, no alcanza con quererlos infinitamente. Hay que, además, demostrarles con hechos que los aceptamos y respetamos en su individualidad. No dejen de hacerlo de todas las maneras posibles. Entre otras, demostrándoles:
que nos importa entenderlos, no juzgarlos

- que siempre estamos disponibles para ayudarlos en lo que sea necesario porque son realmente nuestra prioridad en la vida
- que les respetamos su derecho a equivocarse, a ser imperfectos
- que no corren peligro aunque no hagan lo que queremos
- que aunque nos enojemos, no pierden ni nuestro amor ni nuestro respeto

Mantenerse cerca afectiva e intelectualmente es el gran secreto para poder ir atravesando etapas sin dejar de nutrirlos ricamente.