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Laura Antúnez

Comunicación y RRPP. Millennial típica, Blogger de a ratos y twittera full time. Amiguera, optimista por naturaleza y bailantera. Magíster en llevarme muebles por delante. No como asado, chocolate ni maní. El uruguayo promedio se asombra cuando respondo un ¿cómo estás? con un ¡Excelente!

Oda a la comida, aberración por la cocina

Érase una vez, a fines del siglo pasado, una niña muy flaquita a la que un doctor decidió darle vitaminas para abrir su apetito y aumentar su peso.

Hoy ya crecidita la criatura, metro setenta y cincuenta y nueve kilitos y debiendo tomar vitaminas para dejar de comer, declaro mi amor por la buena comida (y la no tanto) y por el buen vino, así como le declaro la guerra a ese sector de la casa donde salen aromas deliciosos, que nos retrotrae a la niñez pero que prefiero no pisar.

Sí señores, me refiero a la cocina, esa parte de la casa a la que voy solo a abrir la heladera y a calentar agua para el mate.

En momentos de oda a la cocina por doquier, donde los manuales de cocina adornan las vidrieras de las librerías, donde las fotos de aparentes deliciosos platos copan instagram, donde la televisión nos engancha todas las semanas con un nuevo programa de Master Chef, yo agradezco a Dios la suerte de tener una amiga chef que me deleita con sus manjares de manera tal que no tenga que ensuciar mis manos en esas vainas ni asomarme por esa parte de la casa.

¿No te da vergüenza no saber cocinar? Esbozó una vez mi madrina mientras yo protestaba hambrienta luego de haber quemado un huevo frito quedándome sin cena. Sí, quemé un huevo frito, soy un fracaso culinario. Y no baba, la verdad que no, no me da vergüenza.

Ya de chiquita le decía a mis mayores que cuando fuera grande estudiaría una carrera que me diera solvencia económica como para poder pagar a alguien que hiciera los menesteres domésticos, no en vano mi madre me dice que seguro en otra vida fui reina. Y por si acaso una carrera sola no me alcanzare para mis propósitos de la niñez, estudié dos, por las dudas.

Mi problema con la cocina data desde antaño y es que jamás me gustó ensuciarme las manos, y la cocina es eso, un constante ensuciarse las manos, tener paciencia. Quienes me conocen saben que la paciencia allí no es mi fuerte.

Se dice que la cocina se hace con amor y ahí radica el problema: yo no amo un carajo cocinar ni que me quede ese olor a ajo o cebolla en los dedos, la ropa y el pelo.

Quizá este artículo atente contra mi futuro estado civil ahuyentando a los muchísimos candidatos a matrimonio que tengo (eso le gustaría a mi madre, a mi jefa y otra tanta gente, perdón por desilusionarlos tanto), pero necesitaba destapar esto que me pasa, mi aberración a la cocina. Amo comer pero odio merodear la cocina y andar entre ollas y sartenes.

Así que ya saben, no esperen que les cocine nada, ya vieron lo que pasó con el huevo frito, me ofrezco a lo sumo a lavar los platos.

Ah! Soy muy buena recomendando lugares para comer y llamando delivery...