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Laura Antunez

Comunicación y RRPP. Haciendo lo que me gusta en la Armada Nacional. Millennial típica, Blogger de a ratos y twittera full time. Optimista por naturaleza. No como asado, chocolate ni maní. El uruguayo promedio se asombra cuando respondo un ¿cómo estás? con un ¡Excelente!

Mi retorno y el robo a un casino

Tras un mes de espectaculares vacaciones tocó volver. Ya sé, un mes parece mucho ¿no? Pero cómo lo disfruté. Fue un mes de comer mucho y no tan bien, un mes de playa, paseos, lectura, amigos y familia.

Atrás quedó ese mes de vacaciones cuando llegué a Montevideo pasada la media noche del domingo porque la ruta 8 estaba trancada.

Después de un mes entero sin sonar el despertador volví a programar la alarma, esa musiquita intermitente que te recuerda que tenés que trabajar, tenés que ir a sacar a este país adelante. Para muchos puede ser una tortura. A mí no me costó nada volver. Estaba copada de volver a mis labores profesionales porque mi trabajo me encanta y, además, me divierte. Tocó volver así que me entrego entera a los brazos de Morfeo, mañana será otro día.

A las 07:57 suena la alarma que me vuelve a la rutina post vacaciones y la realidad me recuerda que llegué cuando todo estaba cerrado y no tenía ni jabón para bañarme. Salté de la cama, me alisté y, con cara de dormida, fui al almacencito cerca de casa en calle Rivera.

Compré lo que necesitaba más urgente: agua, algo para desayunar y jabón para bañarme, el resto lo vería después. Me dirijo con las bolsas hacia mi casa con tranco lento digno de quien recién se levanta y aún no desayuna. Con una bolsa en cada mano, camino pensando que por suerte no hace tanto calor, que me voy a poner el vestidito que me regalaron los reyes y que no me puedo olvidar de los bombones y ticholos para las chicas de la oficina.

Y así, mientras yo pensaba todo eso, en esa cuadra que me separaba de casa, paró una camioneta en medio de la calle. El ruido viró mi mirada hacia ese conductor apurado. Para mi sorpresa, el señor tenía una máscara puesta. A la miércoles: "¿y este?", me pregunté. En ese momenro se abrió la puerta corrediza del costado y salió expulsado un pelado grandote, descalzo, con los championes en la mano. La camioneta arrancó como alma que lleva el diablo, el pelado se sentó en el cordón de la vereda a calzarse, balbuceó algo y pensé: "Dios mío pobre hombre, le habrá pasado algo". Sigo caminando, el pelado grandote caminaba atrás mío, me asusto, camino más rápido, busco las llaves de casa, no entran en la maldita puerta y el pelado venía ahí. Finalmente logro entrar, tranco la puerta y subo rapidito.

Mientras me baño escucho sirenas, nunca sé cuándo son los bomberos, la policía o una ambulancia, pero había relajo, y ese de la máscara seguro tenía algo que ver.

Cuando llego a la oficina y tras la emoción de la vuelta y la bienvenida, les cuento a las chicas lo que había visto.

Al rato, con un ticholo a medio tragar, me comentan que robaron el casino de Montevideo Shopping, ahí cerca de casa, unos disfrazados, me muestran un video, era la camioneta conducida por el enmascarado, la misma que expulsó al pelado grandote que rumbeó luego por la calle de casa detrás mío.

Vaya recibimiento. Y uno acá, sacando al país adelante y pobre como siempre. Mientras, estos se ponen unas máscaras, se visten de nenas y se llevan un par de millones, pasan por una panadería, se compran un buen desayuno y siguen sus vacaciones.

Cosas que pasan, dijo Larralde.