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Emilia Díaz

Madre, actriz, psicóloga social, comunicadora, de enrulado pelo y alma. Su madre viola aburrida y a los 6 años metiola en ballet, piano, teatro, karate y canto lírico. Su formación: tan ecléctica como su infancia y pubertad. Ama los espíritus libres y estar entre mujeres.

Día del padre para una feminista

Siempre comento cuando me preguntan cuándo fue que me hice feminista que mucho tuvo que ver mi hermano menor en esto. Guillermo, año y medio más chico que yo, logró tomar alcohol, andar en moto y salir de noche antes que yo. La suerte lo acompañó hasta ahora que es padre de dos hermosas adolescentes que le hacen la vida a cuadritos y lo llenan de orgullo. Son mujeres fuertes, determinadas, alegres y sensibles.

Mi viejo nació en 1921. Me di cuenta que era un padre "añoso" cuando caminaba con el por la playa y las chusmas susurraban "mirá qué linda la nena con el abuelo".

No era un padre feminista, era un inteligente y ambicioso empresario. Autodidacta, hijo de José y Saturnina, talabartero y ama de casa. Hermano de cuatro que hizo dos veces 6to año de escuela porque su padre no le permitió ir al liceo, y le encantaba leer y calcular.

Cuando tenía 7 años me regaló una alcancía del Banco República, a mí y a mi hermano. Una de esas que el billete entraba hecho un rollito y las monedas tragadas por una lengua de metal. Cabía en la palma de mi mano, verde, con mi nombre grabado en una esquina. Me dijo "el ahorro es la base de todo". Y así aprendí a ahorrar, y diez años después a administrar la plata que me daba por mes para sobrevivir en la capital sin trabajar por mi cuenta, un par de años nada más.

Este abuelo/padre confiaba en mí. Me repetía sin cesar eso. Con su mirada, con su tono de voz, con sus sermones y consejos. Lo confronté mucho en mi adolescencia, y me llamaba "conflictiva" cuando quería encontrarle la quinta pata al gato en discusiones, sobre todo las políticas. Al otro día amanecía en mi mesa de luz un recorte de diario subrayado, cual guante que seguía el debate, me invitaba a reforzar mis argumentos. Lejos de intimidarme, me incitaba a investigar, a leer todas las editoriales, y a tomar partido.

Siendo adolescente choqué el auto de mi madre a tres cuadras de casa. Llegué temblando y el – recién levantado de la siesta – me dijo "estás bien"? Bueno, eso es lo más importante. Calmáte, tomáte un vaso de agua que voy hasta ahí y llamo al Seguro. Acá tenés las llaves mi auto, andá al centro de Maldonado buscarme una agenda que me olvidé¨. Anonadada le dije "pero papá! Acabo de chocar!", "por eso mismo, si no agarrás un auto ahora mismo vas a creer que nunca más vas a poder manejar".

El y mi madre me alentaron a venirme sola a Montevideo antes de terminar el liceo, y a irme a vivir a España a los 20 años. De los dos lugares volví a casa con la cola entre las patas. A Montevideo volví un año más tarde, a España nunca. Pero nunca sentí que fue un fracaso, las idas y venidas en casa se veían como parte del camino, y siempre había un lugar calentito al que volver, un lugar donde sabía que no me iban a juzgar, al menos no por eso.

Mi padre era un patriarca. Había que servirlo… mamá lo consintió hasta el último día, aunque discutían cuando ella se rebelaba. Ella quería bailar flamenco y salir al cine con amigas; el ponía cara de puchero y ella se quedaba. Mamá dice siempre que ella "es mujer de un solo hombre". Así se crió esta feminista. En ese nido de amor patriarcal. Entre ellos se entendían… aunque a veces daban ganas de salir corriendo.

Estoy convencida que un amor confiado de padre a hija hace hijas autónomas. Si hay padres que miran con ojos sabios, que saben ver más allá del ruido hormonal de la adolescencia, que íntimamente confían en la igualdad de capacidades entre hijos e hijas, que respetan sus desiciones, que las invitan a debatir, que la animan a autorregularse, autoadministrarse, autopercibirse para después defenderse, conocerse y promoverse… es un viaje de ida. Se pisa más firme, se llega más entera a la adultez. Después la vida se encarga de hacerte dar las piruetas necesarias para probar eso que traemos.

Nos enseñan desde pequeñxs que la mamá es lo más importante, que hay sólo una! Y vale por miles en algunos casos, como el mío. Pero el padre, que hasta después de la teta parece un extra (calificado) en una historia de vida, que si es famoso no aparece en ninguna tapa de revista desnudo con la cría… merece otro lugar en el relato familiar. Lo está teniendo, lo sé. Pero hay que subrayarlo un poco más. Subrayar toooooodoooooo el relato familiar implica que lo doméstico "de criar y cuidar" tenga otra relevancia, y en ese cuento el padre y su función es sustancial. Para romper ese relato o reforzarlo, pero es esencial. Por ausencia o por presencia, pero es esencial.

Así fue mi viejo para mí, y lo será. Un caballero patriarca de los años 20´ que tuvo la osadía de darme alas y confiar en mí. A todas las niñas del mundo les deseo un padre así, que no las subestime, que no las debilite, que no las juzgue. Que a pesar de todas las voces que le digan que no se puede, encuentren en su interior la voz de un padre que las promueva. Al fin y al cabo… todavía vivimos en tierra patriarcal, que esa voz las subestime sería un desatino. Aunque quién te dice si eso, a la postre, no hace amanecer más temprano la revuelta!

Que amanezcamos todas con editoriales subrayadas pendientes para el debate!

Gracias, papá.

Te amo.

Feliz día.