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Loredana Morando Nannizzi

Gordita de alma, flaca de cuerpo. Constructora de su delgadez. Restauradora de su vida. Estado civil: en una relación complicada con la Arquitectura. Sus mejores amantes: la fotografía y el entrenamiento. Saliendo del clóset por la escritura. Fantasea todas las noches con viajar y volar.

Hola de Nuevo!

Es el Día del Padre. Estoy yendo en un ómnibus camino a Colón, perdiéndome el comienzo de la final del mundo, porque me dormí. Pero no es por eso que ahora lloro de tristeza y felicidad al mismo tiempo.

Desde octubre no escribía una columna

Lo último que les conté en aquel entonces fue que empecé a trabajar en el gimnasio que tanto me había cambiado la vida como asesora de ventas. Y de ahí hasta ahora pasó de todo:

Disfruté de la libertad de haberme recibido e hice un breve pero intenso contacto con las pasiones que me mueven la sangre. Con el lápiz y papel: cursé un taller de escritura creativa, fue interesante animarme a escribir otras historias que nada tuvieran que ver con la mía.

Con la fotografía: participé en un encuentro, salimos con nuestras cámaras por Montevideo y felizmente el Ministerio de Turismo eligió una de las mías para una campaña y el CDF tuvo otra entre sus destacadas en una consigna mensual. No eran las que más me gustaban y para variar sentí un “Bueh… Gracias, pero no se qué les vieron justo a esas!” .Nunca nada de lo que hago me conforma lo suficiente, siempre quiero más, pero fue genial nuevamente animarme a moverme de mi zonita de confort y reafirmar que mi vida definitivamente no va a girar en torno a la arquitectura.

Tuve una historieta de ¿amor? de esas que jamás creí que iba a vivir, llena de luz y nubes negras al mismo tiempo. De las que duran un abrir y cerrar de ojos pero duelen muchísimo, pero que te marcan un antes y un después por tanta moraleja y notas mentales de las que intentas escribirte con un permanente en un post it pegado con cemento al cerebro.

Trabajé mucho, en el gimnasio, en un estudio...

Hasta que salió la oportunidad de mi primer trabajo como arquitecta. ¿Lo qué? ¿Cómo? No entendía nada. Una vez más aparecía sin buscarlo demasiado. Una locura. Y… lejos de disfrutarlo, como siempre, encontré la forma de complicármela: no dejé el trabajo en el gimnasio y trabajé durante casi tres meses en los dos. De 9 a 17hs como arquitecta y de 18 a 22hs como asesora. Al principio iba a grupo un rato de 8:15 a 8:45hs y otros lograba quedarme a entrenar luego del trabajo de 22 a 23hs. Hasta que no lo hice más, me alejé por completo de estas dos actividades que son mi cable a tierra. Y como consecuencia me terminé desconectando de mi misma una vez más. Era razonable esperar superar los tres meses de prueba en el trabajo nuevo, pero no era razonable trabajar trece horas por día teniendo tres horas de viaje en bus y mucho menos razonable aún no hacer nada por mi cuidado.

No dormía lo suficiente y solo iba los sábados de mañana a grupo a llorar desconsoladamente por el desborde que sentía por no poder parar de comer y de ahí me iba a trabajar en un estado bastante deplorable cada sábado a la tarde. El lunes volvía a la vorágine y me olvidaba. Estaba siendo precavida, sin dudas, pero también esa era la excusa perfecta para una nueva forma de hacerme daño queriéndolo todo al mismo tiempo. Sabía que tenía que tomar una decisión, pero no quería, no podía y lo postergaba. Fueron meses muy difíciles. Mi cuerpo no sentía cansancio pero mi cabeza sí, estaba a punto de explotar, y explotaba comiendo, de atracón en atracón.

Era una cadena sin fin que empezaba y terminaba en el mismo lugar: desborde en la cabeza = desborde en la comida = desajuste emocional = incapacidad para tomar decisiones = desborde en la cabeza.

Comía sin parar cuando aflojaba un poco yendo de un trabajo al otro y al llegar a la noche a casa. Subí cerca de 10kg en un mes. Hasta que un sábado dolió tanto que pude decir “no aguanto más, renuncio al gimnasio, me la juego como arquitecta, basta” y para no hacerme la boluda el lunes una vez más, ese mismo sábado le avisé a Cindy, mi supervisora, que necesitaba hablar con ella. Ese lunes fue un caos emocional: ¡a la mañana me dicen en el trabajo nuevo que el panorama allí era malísimo y que no dejara el otro trabajo! pero ya estaba decidido renunciar así que después de largas charlas y lágrimas de miedo llegué decidida al gimnasio. ¿Y Saben qué? ¡Cindy ese día no fue! Y pensé: “Mañana como sea Loredana”. 

Llegó el martes, aliviada pero asustada, feliz pero triste. Llego al trabajo:
Yo: “Cindy, acordate que tenemos que hablar”
Cindy: “Ahora voy Lore”
Yo: “Dale, mientras voy abriendo el correo”.
Y de repente, se me dio vuelta todo, en un instante, pegué un grito: Tenía un correo proponiéndome lo que siempre deseé desde que empecé a trabajar en el gimnasio pero nunca siquiera quise pedir: unir mi profesión con ese lugar que tanto me había dado y quería. Y cuando me calmé y pude entender dije que si.

Y ahora resulta que trabajo allí como arquitecta y soy la “Encargada de Obras y Mantenimiento” de los 6 locales. Ojo, que aún no parece real.

Desde ahí hasta hoy todo cambió. En un mes y poco cumplía el sueño y proyecto que hacía cuatro años me hacía hervir la sangre de deseo: me mudé sola a un apartamento en Montevideo del cual me enamoré a primera vista. Cerré los ojos y me arriesgué. Mil cambios más: no más viajes, no más vivir en el paraíso y paz del campo, no más bolsos. Hola vida espontánea y sin planificar.

Pero… en los 15 días de adrenalina pre-mudanza volví a comerme otros 8 kilos. Y nunca había terminado de bajar los de febrero. Esta vez fueron 15 días = 8 kilos. La mitad del tiempo.

Y esto termina siendo “la vida misma”.

Y aún no deja de dolerme muchísimo reconocerme como adicta, llevo 5 años en este proceso de autoconocimiento, hace un tiempo que se desde lo racional sobre “todo esto”, pero el saber no tiene nada que ver con el sentir. Y en el sentir creo que cada vez duele más, porque no importa qué tan mal o qué tan bien esté: comer siempre es la vía fácil para convivir con mis emociones. Si estoy mal: comer compulsivamente es la búsqueda del alivio instantáneo, del afloje, es la anestesia fugaz que en realidad solo sirve para sentirme peor de lo que ya estoy 5 minutos después. Si estoy bien, tan bien que asusta: entonces comer es la manera de achicar esa ansiedad producida por el miedo y la adrenalina de lo nuevo y la incapacidad de conformarme y querer siempre más Y YA.

No hay vuelta que darle, mi reflejo siempre es meter la comida en el medio, y no de una forma medida. Y al final siempre llego a lo mismo: 28 años de un modo de vincularme conmigo misma a través de la comida no se borran en casi 5 de buscar algo distinto para mi.

Mañana hace un mes que me mudé. La sigo peleando, vengo mejorando por más que siempre quiero estar mejor y nunca me alcanza. Ya bajé 9kilos en este mes viviendo sola, aún faltan 14 más y está costando mucho. Cuando creía que estaba todo perdido de nuevo porque ayer volví a tropezar, cuando no encontraba la manera de evitar querer comerme todo y el Día del Padre y la reunión familiar eran la excusa perfecta para pasar un domingo con la comida (y no con mi papá y la familia) en un instante mágico volví a conectarme con las ganas hacer de algo distinto y utilicé una herramienta que siempre estuvo ahí y hoy decidí usar: el cerebro prestado.

Entonces escribí un mensaje: “Prima, estoy intentándolo de nuevo, no puedo comprometerme conmigo, pero voy a intentar comprometiéndome contigo, hoy voy a comer lo que tengo indicado, lo pongo en palabras contigo porque es la manera de evitar hacerme trampa sola jugando de callada”. Lo envío.

Y en ese instante los auriculares me tiran al Chano y logro escucharlo cuando dice

“Todos los días tienen sol y tormenta, si pudieras volver a confiar”. Y ahí las lágrimas y el volver a escribir: conecté.