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Manuela da Silveira

Guionista, conductora de televisión y catadora de pastafrolas. Trabajó en Televisa México, fue guionista y productora de Canal 12, participó de Telemental y Sonríe te estamos grabando. Integra el equipo de Nepalfilms, prepara un programa de televisión y está en teatro con "De buen humor".

“Temporada alta”

La primera quincena de enero se resume en imágenes que varían según la edad. Todas las postales aparecen en la cola de los supermercados o almacenes de los balnearios. Allí hacen fila las distintas generaciones, con sus distintos hábitos y caminos.

Están las menores de 30 con su detalle característico: el short. Usan short para ir a la playa, para bailar e ir al casamiento de su hermano. Los “shores” son las piezas por excelencia de esas jovencitas que se pasean por los balnearios o por las veredas capitalinas con un desenfado hecho de jean.

Algunos son tan “shorts” que dejan salir los bolsillos por afuera dejando al descubierto piernas larguísimas (la genética ha evolucionado y las chiquilinas ya nacen con piernas de metro veinte). Este año, sus piernas son aún más largas ya que las chicas se calzan unos “ladrillos” con dos tiras de cuero que aumentan su altura unos 15 centímetros más. Quien quiera veranear en el balneario de la depresión sólo tiene que pararse al lado de ellas, de ojotas y camisón.

En la fila del supermercado, también podemos detectar las edades según los alimentos que compran. Los más jóvenes recurren a la mono-dieta de fideos o arroz. Paquetes de alimentos “no perecederos” que enmarcan la independencia y el “viva la pepa” de su verano. La globalización ha facilitado la entrada de unos fideos que no requieren olla. Ahora sólo hay que calentar agua para el mate y regarla sobre unos fideos chinos que a los cinco minutos se convierten en un plato de pasta. (Tal vez los supersónicos tenían razón).

Los horarios también se desajustan en enero. El sol nos acompaña hasta pasadas las 21 horas y ponemos el mantel para cenar a la medianoche. Los que ya no estamos “en la pomada” nos vamos a dormir a la 1 AM (con un libro que venimos arrastrando desde octubre). Pero los más jovencitos apenas estiran las sábanas (para sacarles la arena) y se echan una siesta. Los jóvenes de hoy en día duermen siesta hasta las 3 AM. Luego arman sus “caramañolas” de alcohol y arrancan la previa.

El baile arranca  a las 4 de la mañana y termina a las 8, horario en el que ellos se tambalean rumbo a casa, cruzándose con todos los que vamos a la playa con el mate y la reposera. Si un joven de 18 convive con su hermano de 35, se pueden turnar el dormitorio al estilo “cama caliente”. Los jóvenes de entre 17 y 22 años duermen un promedio de tres horas y de a turnos. Se van intercambiando las camas a medida que llegan a las “casitas”. A las 11 AM  bajan a la playa, se agarran un “pedo cortito” con cerveza y vuelven a su casa a las 9 de la noche. Duermen una hora de siesta y conectan la borrachera para enfrentarse a una nueva noche de boliche.

La mayoría de los jóvenes mantienen una blancura sorprendente durante los primeros días de enero. Otros se insolan porque se quedan dormidos en la playa.

El factor solar también varía según la edad. Los mayores de 30 usan factor 30. Los menores de 15 usan factor 6, una infamia que huele a coco y que increíblemente sigue siendo comercializada en este rincón del mundo. Justo acá, en Uruguay, donde los protectores solares cuestan más que una sombrilla y la capa de ozono debe ser más grande que nuestra superficie total.

Si en la caja del “provitodo” te topás con un colega treintañero, su carro es de alto contenido proteico. La dosis de carne de las vacaciones es equivalente a la que consumimos el resto del año. A medida que uno crece, los planes se titulan según lo que se come: “asadito”, “pizzas en lo de fulano”, “churros”, “salir a comer al centro”, “mejillones” “pic-nic”, “tortafritas el día de lluvia”. La diversión es masticable. Y los adolescentes lo saben. Por eso, siempre que pueden, corren a donde veranean sus padres para hidratarse y comer como la gente. Luego de ese surtido metabolismo vuelven con sus amigos, a su independencia plagada de atún, galletas y vino cortado.

Los mayores de 45 años van al supermercado a comprar lo que quieren. Su carro suele tener pan, queso, una buena picada y pequeños lujos que “hay que dárselos en vida”. Comen atún pero adentro de una tarta gallega y si abren un vino por lo general es de botella. Ellos sí están en condiciones de veranear como dios manda. No tienen que impresionar a nadie, ni salir hasta las 8 de la mañana. Quieren descansar y recuperar energías para el resto del año. Pero, por lo general, los que promedian la mitad de siglo son padres. Y esos padres tienen hijos que están veraneando en Rocha en alguna casita junto a otras 15 personas. Por ende, en verano, el desvelo recorre varias generaciones.

Los primeros 15 días del año nadie descansa. Es la temporada de alto contenido de estrés. La quincena más atropellada de la estación. Nuestras vacaciones están llenas de compromisos y visitas y programas que sabotean la fisura de playa y siesta que venimos acumulando desde junio.

Todo vuelve a la normalidad recién ahora, cuando las calles de Montevideo dejan de tener lugares libres para estacionar. Los veteranos suspiran porque sus hijos volvieron de Punta del diablo. Y los jóvenes regresan con un celular sin saldo, lleno de fotos descontroladas y una buena sobredosis de harina.                                                                                              

Ya está, ya pasó. En un abrir y cerrar de todo, vuelve a ser como antes. Salvo las adolescentes y sus “shorts”. Ellas siguen de largo, sin ningún escalofrío, hasta el próximo verano.