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Gabriela Decaro

Mujer, esposa, mamá de 2, hija, hermana mayor, amiga, psicóloga clínica. Directora del CIANCC. Estudió negociación en la Universidad de Harvard. Es consultora y trainer internacional en negociación y resolución de conflictos.

Matrix… ¡un poroto!

Cada vez que veo esta película, me parece menos ciencia ficción.
¿La vieron? Si no, se las recomiendo.

En una escena (para mi gusto una de las  mejores) de la película, Neo -el protagonista- se encuentra con un personaje muy interesante llamado Morpheus quien le dice:
“Como todo el mundo, tú Neo, naciste en cautiverio, en una prisión que no puedes ver, ni oler ni tocar”.

¿A qué prisión se refiere Morpheus?
A una tan poderosa como sutil: la que construimos en nuestras mentes de manera inconsciente.
¿De qué están hechos los barrotes de la celda? De creencias.

La Real Academia define creencia como el firme asentimiento y conformidad con algo.
Son pensamientos sobre los que actuamos como si fueran verdades absolutas. Son certezas. En definitiva, las creencias no son otra cosa que historias que nos creemos y que se transforman en lentes o filtros, a través de los cuales observamos el mundo, y nos llevan a pensar, sentir y actuar de una forma particular. La mayoría de la gente cree que es, lo que sus pensamientos dicen que son.
 
“Yo soy tímida”, “yo no soy buena para los números”, “no le agrado a la gente”, “hoy es difícil que no te metan los cuernos”, “no tengo suerte en los negocios”, “soy muy torpe en la cocina”, “ser petisa no es elegante”, “las mujeres somos complicadas” … son solo algunos de los miles de ejemplos de estas creencias que nos mantienen confinados en una escasez inventada, que nos impiden conseguir lo que queremos y por ende, nos hacen sufrir. 

Los humanos nadamos en un mar de creencias y como los peces, no nos damos cuenta hasta que nos sacan del agua.

Algunas de estas creencias se generan a partir de nuestras vivencias, pero la gran mayoría, ni siquiera son nuestras, sino que nos fueron “implantadas” en el allá y entonces, durante nuestra más tierna infancia (por padres, abuelos, niñeras, maestros, cultura, medios de comunicación, etc.), cuando no éramos conscientes de su impacto,  ni teníamos la capacidad de discernir nada de la información que estaba siendo grabada en nuestra  biocomputadora.

Pero cuidado, no hay posibilidades de reclamo de ningún tipo para quienes nos programaron.  Acá no hay a nadie a quien culpar, porque todos somos víctimas de víctimas. Heredamos creencias y las repetimos con la mejor intención creyendo que son la octava maravilla del mundo.  Mientras nada distinto pase, somos como robots programando otros robots.

La elección de Neo.

Acto seguido, en la misma escena de Matrix, Morpheus le ofrece a Neo elegir entre una pastilla azul para seguir en su prisión, viviendo en piloto automático la vida que conoce, o una pastilla roja para despertar y entender cómo funciona la Matrix.
¿Les resulta familiar? Para mí, esta escena es algo que se repite a cada rato si prestamos atención.  
Distintas personas, situaciones o cosas ofician de Morpheus en nuestra vida, sólo que no siempre las podemos ver.

Quizás muchas de ustedes estén pensando en este momento: “Ojalá despertar fuera tan simple como tomar una pastilla”.
Si están pensando eso, permítanme llamarles la atención sobre una nueva creencia que les impedirá probar la pastilla roja y así las mantendrá en la prisión.

La salida.
 
Liberarnos de los barrotes es sencillo aunque no es fácil.
Si las creencias son la raíz de nuestros problemas, lo primero es percibirlas.
Darnos cuenta de nuestros condicionamientos, nuestros hábitos y nuestras reacciones automáticas, es encontrar la llave de la celda. Cuando un robot comienza a darse cuenta que es un robot, ha comenzado también el proceso de rehumanización.

Estamos en el camino equivocado.

La mayoría busca incansablemente cambiar el mundo para que se adapte a sus ideas y así espera dejar de sufrir. Déjenme decirles que esta es otra creencia que nos complica la vida porque en realidad, el camino de salida de la mayoría de nuestros problemas o fuentes de sufrimiento, no está afuera, está adentro.
¿Qué paradoja no? Es en nuestra mente donde están los obstáculos y todos los recursos para lograrlo.

La fórmula secreta tiene más de 2000 años; hela aquí:

“No son las cosas las que atormentan a los hombres (y mujeres), sino las creencias y las opiniones que los hombres tienen acerca de ellas”.
No insulta aquél que injuria, lo que insulta es la creencia que establece que esa acción es ofensiva. Si alguien te provoca, ten presente que es tu propia opinión, la que te está provocando”. (Epicteto)

Yo no puedo controlar o cambiar lo que sucede, lo que es,  pero puedo gobernar y cambiar lo que pienso y siento al respecto. Ahí radica nuestra más absoluta libertad.

En fin, debo confesarles que esta columna tiene la íntima pretensión -para nada modesta-  de oficiar de pastilla roja.
De cualquier manera, la elección – como en el caso de Neo - siempre estará en tus manos y por eso vale la pregunta con la que me despido:
¿Qué pastilla vas a tomar la próxima vez que te duela el alma? ¿Azul o roja?

Hasta la próxima!