columnas

Sra. Muntz

Comunicadora social. Estratega de TEG en marketing. Madre amateur. Pregunto el final de las películas antes de verlas.

A todas las madres "maratonistas", ¡feliz día!

Suena el despertador, el sonido de largada. Son las 6.30 am. Estiro la mano y doy golpes contra la mesa de luz para ubicar el celular que no deja de hacer ruido. Nadie más debe despertarse.

Anoche me quedé dormida con la ropa puesta y no me saqué el maquillaje. Debo ser un zombie mal maquillado. Pongo un pie en el suelo en el más absoluto de los silencios pero piso uno de los juguetes de mis hijos. ¿Qué hacía ese Minion en mi habitación? Sigo adelante. Son las 6:35 am. Pasaron cinco minutos y no hice absolutamente nada. La cinta de llegada se acerca y no estoy lista para la fotografía que me retrate como ganadora de la carrera.

Camino con los ojos entre abiertos hacia el baño y me paro frente al espejo. Veo a una mujer con ganas de seguir durmiendo. En la cocina me espera la cafetera con un desayuno que jamás tomaré. El aroma es espectacular y perfuma la casa. Hay olor a hogar.

La noche anterior no preparé el almuerzo para que mis hijos disfruten después de una mañana agotadora en el jardín de infantes. Pico cebolla y ajíes. Mi estómago se revuelve por la mezcla de olores. Apuesto a que los vecinos no entienden por qué a las 7 de la mañana, sale olor a pasta de domingo de mi casa. Me arden los ojos. ¿Qué tenía esa cebolla? Vuelvo al baño. Con lágrimas en la vista pongo cara de Natalia Oreiro y, sonrisa mediante, pienso que la actuación definitivamente no es lo mío. YA SON LAS 7.15. Tengo 10 minutos para hacer mi cama, levantar los juguetes y despertar a los niños. Me ganan de mano. Con cara de dormidos cruzan la puerta de su habitación.

Nelson pide jugo. Nelsona se saca el pañal (sólo usa para dormir) y me pide que la lleve al baño. Mamadera para uno, galletitas para otro. Disney ilumina el living de la mano de Mickey Mouse. Al ser madre, uno pierde total autonomía del control remoto y pasa a ser esclava de los dibujos animados. Ya crecerán y podremos compartir el noticiero matinal para informarnos antes de salir a la jungla de cemento.

Lucho contra el pelo de mi hija para hacerle una trenza que al cruzar el umbral de la casa desaparece por completo. Se tiran en el sillón a jugar y yo desespero al mirar el reloj. Parecen las dos de la tarde y recién comienza el día.

La lista de responsabilidades laborales me espera sonriente en la oficina y mi cabeza aún sigue durmiendo plácidamente. Mi cuerpo se despertó, mi cerebro no. Se abre la puerta y aparece mi mamá, la mejor niñera full time que pude haber elegido. Besos mediante, la casa queda sola para mí. Necesito que alguien me alcance una botella con agua para tomar mientras sigo corriendo.

Me regalan 16 minutos de soledad que podría utilizar para cantar a los gritos mientras me paseo en la casa en ropa interior. Pero no. Tengo que plancharme el pelo, maquillarme, elegir la ropa que voy a usar, ponerme los tacos, chequear que en la cartera no falte nada. Veo la meta y está cada vez más cerca. Los fotógrafos me acercan su lente para perpetuar en una imagen mi cruce por la línea de llegada. Pero no encuentro las llaves. Reviso los lugares más insólitos en los que mi hijo acostumbra a dejar las cosas. ¡BINGO! Estaban en el lavarropas. Muy ingenioso.

Últimos segundos de carrera. Con mi último esfuerzo, abro la puerta de salida. Gané, pero no. No me den una medalla. Estas maratones son diarias y el premio lo recibo al final del día cuando mis hijos me reciben de vuelta en casa con un abrazo.

¿Cuántas maratones hacen todos los días? ¡Feliz día!