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Cuento de hadas de la mesa sindical

Erase una vez, un monstruo de dos cabezas que parió una montaña y se llamó capitalismo. Este sistema socio-económico, que se cimenta en la acumulación, prosperó en gran medida gracias a cuatro siglos consecutivos de trata de esclavos de África hacia América.

¿Por qué fue necesario esclavizar gente? Nos explicaron en la escuela que faltaba mano de obra para hacer prosperar al Nuevo Mundo, pero jamás nos dijeron por qué ese trabajo debía ser “gratuito y obligatorio”. Bueno querida lectora: alguien necesitaba enriquecerse a costa del esfuerzo de otros.

La trata se abolió hacia fines del siglo XIX y mientras tanto, había surgido un sistema de creencias  promovido a través de textos de la iglesia, que afirmaba que había razones para creer que existían razas y que unas eran “superiores” a otras. ¿Les suena conocido? Nooooooo...

Para garantizar la buena salud del capitalismo fue indispensable disponer de una doctrina, un discurso que lo sostuviera. Para eso, fue importante contar con instituciones que dotaron de sentido y difundieron determinados conceptos de discriminación. Es decir,  un sistema de ideas que permitiera explotar a otros bajo algún tipo de justificación.

La religión y la política anduvieron juntas mucho tiempo y dieron a luz muchas cosas, también las guerras, expresiones máximas y públicas de la violencia.

Superioridad física, intelectual, belleza, riqueza, capacidad para hacer asados...todo vale a la hora de establecer quien vale más en la sociedad occidental y cristiana.

La división sexual del trabajo, por la que los hombres se dedican a la producción y las mujeres a la reproducción, es uno de los pilares del capitalismo moderno y encubre una forma de explotación. La “labor“ que cumple la gran mayoría de las mujeres en su hogar, es gratuita. Esta crítica a los escritos de Marx la hizo Hannah Arendt* porque no se incluía a las tareas domésticas como trabajo ni se las reconocía como una forma de explotación puertas adentro. Tenía que aparecer una mujer para encontrarle el pelo al huevo.

Hay quienes afirman que el machismo como concepto, surgió en América Latina. Otros dicen que se configura como un sistema de valores en el siglo XX. Están los que afirman que este discurso de superioridad de género viene de antes. Ya sabe lectora, por ahí se dice cualquier cosa. Lo que tengo claro es que justifica formas de explotación, por lo que el machismo, como el racismo, son hijos dilectos del sistema capitalista, parte de su máquina de guerra simbólica.

Siempre hubo mujeres que trabajaron fuera de su casa para mantener a su familia, cumplieron doble jornada y recibieron los salarios más bajos. En Uruguay “a igual trabajo, igual salario“ es una reivindicación de las trabajadoras socialistas de fines del siglo XIX que sigue vigente hoy.

En nuestro país se unificó la central obrera en 1966. Eran tiempos revueltos y el sindicato de textiles contaba con  25.000 afiliados, en su mayoría mujeres y muy pocas estaban en la mesa “representativa”. Lo mismo en el sector de la salud, donde un 80% de la fuerza laboral es femenina y a veces no llega a un 10% de la representación femenina.

Cuando una organización como el Pit-Cnt que lucha contra la explotación, se da el lujo en pleno siglo XXI de excluir de su órgano de dirección al 50% de la fuerza laboral, es decir a las mujeres, podemos afirmar que otra vez y de la mano del machismo, colorín colorado el capitalismo ha ganado.

(*) La condición humana. 1958, Hannah Arendt.