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Laura Corvalán Maclean 

Diagnóstico de espectro autista: asperger. Backpacker experta. Trotamundos Senior. Buzo Profesional. Educadora nata. Comunicadora por elección. Periodista de alma. Escritora édita. SocialMedia de la 1a ola. Madre de Juancho 24x7 y soy del Río de la Plata, 100% mezcla.

El acting del verano y la soledad compartida

¿Por qué en verano hacemos cosas que en otro momento del año no haríamos? ¿Por qué la misma señorita que traba con ahínco la puerta del cambiador del local de ropa para probarse una remera, es decir que ve como terrible que alguien la vea en corpiño, en enero se pasea con apenas tres triangulitos de tela como lo más normal del mundo?

¿Por qué nunca veo a nadie jugar a la pelota-paleta en las plazas en otoño y primavera, pero no dejan de hacerlo en verano como si fuera su juego favorito? ¿Por qué nadie arroja frisbees en invierno? ¿Por qué solo los viejos juegan a las bochas durante el año pero en la playa lo hacen todos?

Imagino que la gente que hace cosas en verano que no hace durante el resto del año es la misma gente que anhela que llegue el viernes y se deprime los domingos; gente que vive dos vidas: la de siempre y la de fines de semana y vacaciones.

No tengo nada en contra de que alguien se pasee entangado por el balneario, pero me gustaría que la gente lo hiciera con más libertad, cuando le de la gana y el tiempo se preste y no solo porque lo marca el calendario. La cuestión por la cual nos tapamos estando en ropa interior y en vacaciones paseamos en “ropa interior de lycra” como algo normal es algo que nunca me pareció lógico, pero si así estás cómoda/o... ¿por qué tanta prurito en otras circunstancias?

La gente llega y “actúa verano”, saca del placard ropa que nunca usa: camisolas blancas de aspecto lánguido, shorts de jeans que nunca veo que nadie use aún en el caluroso noviembre o en el pegajoso abril, sandalias que parecen zancos y que deben ser un desafío de calzar en la arena, pantalones estrambóticamente cuadriculados y demasiado holgados, sungas diminutas más chicas que un slip o eternas bermudas largas que salen chorreando medio océano. Yo lo llamo el disfraz de las vacaciones.

Hace unos días compartí una foto a la que titulé: “La imagen de un verano triste...” donde se ve a un muchacho retozar en las olas de El Emir en Punta del Este junto a su palo de selfies.

Cuando hace un tiempo viajábamos y sacábamos fotos de paisajes hermosos era para recordar dónde habíamos estado. No era imprescindible que estuviéramos siempre en la foto porque el recuerdo personal de haber estado, alcanzaba. Guardábamos las fotos y las sacábamos en su lindo álbum de papel para mostrárselas a nuestra familia o algún amigo.

Ahora como los recuerdos no son para nosotros sino para nuestras redes sociales, es imperioso ESTAR en las fotos. Éste debe ser uno de los motivos de la imposición del dichoso palo de selfie, el “artefacto” en estos tiempos.

Si viajábamos solos y queríamos una foto nuestra, nos acercábamos a cualquiera y le pedíamos que nos tome la foto, pero hoy preferimos cargar un palo que hablar con extraños, aunque luego esa foto la compartiremos con extraños. Curioso, ¿no?

Finalmente, Sherry Turkle tenía razón, estamos “alone together”. Gente paseando sola con un palo para registrar el momento y luego consiguiendo pila de corazoncitos en sus redes favoritas.

Y con esto declaro que el acting de “estoy pasando un verano diviiiiino” me parece un poco triste: no vistan por temporada, libérense de eso, porque yo visto raro pero visto igual de raro todo el año. Y finalmente deseo que para la próxima foto consigan a alguien que se las saque y el palo de selfies lo dejen enterrado en la arena.

 

Alone Together