MUJER MUJER - DETRÁS DE UNA GRAN MUJER. ESTÁ ELLA MISMA

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María Gomensoro

Decoradora, comunicadora, usuaria de la moda (pilchera podrida). Planté un árbol, no escribí un libro pero tuve 4 hijos, eso vale por el libro, no?

Feliz día mamá, por siempre

La situación humana en el supermercado estaba intensa. El marcador electrónico de la fiambrería iba por el número 65 y el papelito blanco en mis manos decía 98. Detrás de las vitrinas, el ajetreo de los empleados desentonaba con la parsimonia reinante de los que resignados esperábamos el turno.

Divagué la vista por las góndolas, decoradas con la cartelería de ofertas para el día de la madre, en una pulseada contra el tedio de la espera, observándolo todo como si nunca hubiese reparado en nada: los panes en sus distintas formas y formatos, las gigantescas hormas de exquisito queso colonia con sus colosales agujeros, las grotescas patas de jamón crudo a la española. Una nena rubia de unos 4 añitos, en puntitas de pie y con la nariz pegada a la vitrina de las masitas, a viva voz elegía una por una las delicias dulces que le iba a regalar en su día a la mamá de su mamá.

A mamá le gustaban las palmitas. Infaltables en la bandeja de masitas surtidas que traía mi abuela para acompañar la hora del café en la larga sobremesa dominical. ¿Pero regalos en el día de la madre? Eso era algo que no se estilaba hacer en casa. Se festejaba con la familia, mis sobrinos, mis cuñados. Pero no había intercambio de regalos más que dibujos y muchos besos y abrazos.

Pero un domingo de esos en lo de mis abuelos, mis primos y mi tío sorprendieron a mi tía con un regalo de joyería importante y nosotros no habíamos previsto nada.

Luis, mi mellizo, y yo, no tendríamos más de 10 años y 10 pesos en la chanchita en ese momento, pero sí la sensación y certeza de que un montón de garabatos en papel de garbanzo amarillo no podía competir contra una cajita labrada en dorado y una alhaja de reina. Había que resolver este revés antes de que mamá nos creyera una manga de desamorados. Así que sin pedir permiso salimos corriendo por la escalara del edificio y no paramos hasta llegar a la farmacia de la esquina que, de casualidad, estaba de turno.

Con las cabecitas pegadas y ceño fruncido, haciendo matemática mental, recorrimos la vitrina espejada con un entusiasmo que se iba esfumando a la par de las posibilidades. Los perfumes, los labiales y talcos valían mucho más que nuestro billetito naranja.

Luis no pudo contener la frustración, se dio vuelta y en voz alta se lamentó dándose por vencido: “¡Nunca vamos a encontrar el regalo perfecto para mamá!”.

La Sra. Mabel, de inmaculada túnica blanca, salió de detrás del mostrador con media sonrisa y una solución. Sacudió su llavero lleno de llaves y desde un estante más alto en la vitrina espejada, bajó una medalla de metal brillante grandota, la más grandota que hayamos visto jamás y que colgaba de una larga cadena de gruesos eslabones. La puso dentro de una cajita azul y la envolvió en un papel metalizado color plata rematado con una moña llena de tiras.

No nos daban las patas para volver y sorprender anuestra madre con semejante joyita. Cuando llegamos, la encontramos sentada a la mesa del té. Nadie había reparado en la hazaña a la cual nos habíamos embarcado. Nos trepamos a su falda a lo cachorro y le dimos su regalo con tanta pompa que parecía un acto de coronación. Por supuesto que se fascinó con nuestro regalo que lo usó hasta que se destiñó la cadena de metal bañada en vaya uno a saber qué y la medalla se partió en dos. Pero lo que sí duró para siempre fue la anécdota.

Y llegó el número 98, por fin. Saludé a la mujer por su nombre y ella por el mío. Una señora que hacía rato que estaba parada a mi lado me dijo: "¿Tu sos la melliza? ¿La hija de Carmen? Ay tu madre, me acuerdo siempre de ella. Y más en estas fechas, ¿te acordás cuando eras chiquita y vos y tu hermano le regalaron aquella chuchería de farmacia?".