columnas

Mariana Olivera

Escribo y actúo. Me apasiona el poder revolucionario de las historias mínimas y estoy convencida de que la realidad imita al arte. Madre, hipersensible y desordenada. Más acuariana que Susana.

Work it, bitch

La palabra “trabajo” viene del verbo “tripaliare” que deriva de “Tripalium”: una herramienta de tres puntas que se utilizaba para herrar caballos y fundamentalmente como instrumento de castigo, de tortura, contra esclavos y los por entonces considerados “reos” (posiblemente los genios de hoy en día).

Así es que trabajo=tortura, POSTA, POSTA. Incluso lo es para las religiones hegemónicas (cristianismo, judaísmo e islamismo). Trabajar: eso que sucedió inmeditamente después de que Eva y Adán se morfaran la manzana (Eva primero, sí, algún día vamos a hablar de esto) del árbol prohibido: el árbol de la ciencia del bien y del mal.

“Esta falta de obediencia les acarreó la expulsión del Paraíso. Expulsión en la que Dios les castigó con la muerte, el dolor, la vergüenza y el trabajo” – esta cita no es de la Biblia, es de Wikipedia, que en definitiva es lo mismo. Si es verdad que hubo paraíso creo que se llamaba Antigua Grecia, la época en la que el ocio era considerado lo realmente digno para el hombre, lamentablemente para la mujer no. Ah! Y qué pasa si de repente la posmodernidad es la oportunidad para retomar aquellas formas griegas de ver la vida pero por supuesto: siendo feministas… Eh? No? Ok.

La palabra “trabajo” propiamente dicha brotó de la boca de alguien allá por el siglo XVII, un tiempito antes de que estallara la revolución francesa y luego la revolución industrial y luego la democracia, y luego el sindicalismo, y cagaste: el trabajo se configuró como #COSAPOSITIVA.

La honradez del trabajo, ¿nocierto? Emilio Durkheim, tío de la sociología, un héroe de tinta que conocí en la pobreza de una adolescencia pueblerina nerd (ADP), predicaba que la EVOLUCIÓN SOCIAL radica en la DIVISIÓN DEL TRABAJO. Uno de los objetos de estudio más significativos de la sociología es el trabajo, fundamentalmente en cuanto a los conflictos de las relaciones laborales donde también, claro, se interesa fuerte la psicología por este temita de ODIO MI TRABAJO SOY UN INFELIZ (así, toda la vida). Te queremos pila, Emilio, pero no, o al menos no necesariamente. Hoy te hablamos de alma, de felicidad, de aceptar, soltar, crecer, ¿sacás? Bueno, se diversificó la cosa y quizás eso no sea más que aceptar cierta unión, de uno con uno y de uno al mundo…

¿Estás ahí Emi? Ta, es un huevo, no te vayas a pensar que la felicidad nos necesita tranquilos. Pero sí, es posible, existen nuevas formas de trabajar contrarias a esto de arruinar el ser.
Tenemos teletrabajo, coworking, networking, frelancismo, travel & work… Dijo el escritor inglés Simon Sinek: “La única razón para aceptar un trabajo que no amamos es porque no aceptamos vivir” y yo le creo, che.

El trabajo de mis sueños

Llego con una anticipación de 10 minutos, a veces ocho, siete, seis… Entro al espacio, prendo la luz y noto que la frecuencia e intensidad con la que titilan los tubos podría haberme afectado mucho en otro momento de la vida, ahora no. Apoyo mi mochila de tela sobre una de las sillitas de madera que escolta el pizarrón, la abro y saco la computadora, me encargo torpemente del brutal enriendo de cables, chequeo que ninguno se haya cortado, la enchufo y doy play a la banda sonora del momento. Por lo general no hay vez en que no piense que debería limpiarla, pobrecita. Agarro la cartuchera, elijo dos o tres marcadores y procedo a escribir el tema en el pizarrón.

Mientras lo hago, me doy cuenta de que tengo la campera puesta. La coloco en el respaldo de la sillita y doy rienda suelta a la selección textual, delirante y conceptual de la temática que nos dominará esta semana. Algo que cada vez, aunque no lo parezca, viene con una estructura más y más suculenta.

Escribo rápido porque tengo dos o tres minutos hasta que suene el timbre, siempre alguien llega en punto, a veces incluso todos caen en punto (bendiciones que desafíen clichés nacionales).

Trato de escribir con más de dos colores y en lo posible que contrasten fuerte. Necesito un Mosca a la brevedad, pienso. Pero cuando voy ya sabemos cómo es: libros, libretas, clips que nadie precisa, juguetes para el pibe, una agenda con recetas de chocolate, una agenda del Kamasutra. Mosca: el lado peludito, pink, con olor a frutilla, de la violencia económica. Trato de mandarme un dibujito y la verdad me cuesta horrores salir del corazón, de la nube, de la lluvia, de la boca… Tengo que anotarme en un taller de dibujo o leer aquello de “aprenda a dibujar con el lado correcto del cerebro”.

No pueden faltar las quotes, autores de referencia, subjetividad explosiva y enfoque. Ring.
Llega la primera que ya debe estar harta de que le diga a ella y luego a todos los que caen “sentate donde quieras eh, no precisamente en la mesa, y tampoco es obligatorio que te sientes, podés acostarte, saltar, bailar, lo que sea, lo que necesites”. Voy a calentar el agua para el té, traigo las tacitas irregulares en la bandeja. Nota mental: comprar té, toneladas de té. No hay azúcar. Timbre. Llegan. Somos siempre los que debemos ser. Me cuentan cómo están, con la honestidad que ya saben que preferimos. “Estoy como el orto”, “Estoy cansada”, “Estoy nerviosa”, “Estoy medicada”… o “El tachero me preguntó si estaba metida en algo de prostitución infantil pero todo bien”.

Nos vamos de tema fuerte, la confianza nos da ganas de abrazarnos y/o putearnos, pero unos 20 minutos después sí: el tema se clava de pico ante nosotros, se los presento, cada vez más convencida de que ese tema es una cosa viva, un grupo de gente, una colección de sueños, un hilo que me ata a las nubes, algo así.

Trato de ser muy clara en la elección subjetivísima, a veces trágica, otras gloriosa de la palabra. Y de repente escucho el silencio que envuelve a mis propias palabras, esas que salen no sé bien cómo ni de dónde, y me conecto con el aire, con la energía, con la que ellas, ellos, reciben el tema y se preparan para hablar en primera persona, para habilitar el juego de ser libres a medida del miedo, del riesgo… Con la libertad que puede darte únicamente el reconocerte perdedor.

Percibo como bultitos, lunares, las imágenes que se desencadenan en ellos tras mis confesiones, secretos, chistes, miedos… Mientras lo bajo a tierra el tema me interpela, me sorprende, siempre me regala algún que otro descubrimiento. Y la verdad es que no entiendo cuáles son los motivos lógicos, racionales, las verdades del neocortez que hacen que la cosa ande, porque la cosa anda, fluye y en realidad el motivo, ahora que lo pienso, estalla de simpleza: funciona porque ellos, ustedes, nosotros tienen, tenemos, cosas para decir. Porque por lo general el día transcurre sin que hayamos experimentado un momento de paz con nosotros mismos, o al menos un minuto de autofidelidad.

Cuando empecé con esto (Blogging Therapy, blogging terapia, talleres de blogging) no tenía ni idea hacía dónde iba, sólo una ganas inmensas de emprender el viaje.

Ahora, en la necesidad de reflexionar sobre lo sucedido para concluir una etapa y avanzar hacia la próxima, me encuentro con la certeza de que el corazón de este espacio está anclado en la posibilidad de conectar con nuestro ser para jugárnosla por nosotros, por nuestra historia, haciéndonos cargo del personaje, asumiendo el riesgo para aceptarnos, para empoderarnos de nuestra existencia. ¿De qué se trata? De darnos el permiso de cuestionar todo lo que hemos aprendido, de revivir momentos, de fantasear.. Y apreciar el enorme valor creativo que anida en todos los detalles de nuestros discursos, sobre todo en los más oscuros.

Resulta que tenemos cosas para decir y no sólo vamos a decirlas, vamos a compartirlas, vamos a escribirlas. No es algo en esencia “disfrutable”, claro. Pero puede convertirse en la oportunidad para perdonarse y amarse. No sin antes haber experimentado, posiblemente: incomodidad, rabia, angustia, ardor, alergias varias… No me jodería que este fuera un taller para entrar en crisis. Hola crisis! Te invitamos a pasar porque creemos en tu poder de acercarnos a un mejor lugar.

Estoy convencida, como nunca lo estuve jamás sobre nada, de que la honestidad profunda con nuestro ser, es decir: esto de hacernos cargo, de dejar creer que el otro es el infierno, esto de abrazar fuerte nuestras miserias, traumas, tragedias. Esto de encontrar cuál es nuestra lectura a partir de la escritura: es algo que sólo puede estar bien. Escribir algo que nos asuste, por ejemplo, es de una valentía revolucionaria. Y sí, en serio, va a estar todo bien. Te lo prometo, si te animás a empoderarte del valor que tenés por el simple hecho de ser: va a estar todo bien. “Yo no puedo” es una falsa creencia, una excusa. Sólo se puede crecer. Claro que podés, sos un ser humano de esta vida: sos infinito.

+ KIND OF POSTDATA: Estas letras son uno de los “resúmenes semanales” que les envío a los alumnos del taller que emprendo desde febrero #eltrabajodemissueños. Las inscripciones para formar parte de los grupos del segundo semestre están abiertas. Empezamos en agosto, le metemos hasta diciembre. Si te interesa escribime a tallerdeblogging@gmail.com