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Magdalena Piñeyrúa

De chica le escribía poemas a su abuela, luego vivió de redactar avisos para publicidad y hoy escribe un blog sólo por placer. Al ser madre se le multiplicó la verborragia y para no atomizar oídos con sus anécdotas y teorías sobre la maternidad, decidió, oh sorpresa, escribirlas.

A la playa conmigo

Ay no, el día está soleado. Otra vez mamá saca el frasco del pegote blanco ese para pasármelo por todo el cuerpo. Qué fastidio, y encima me lo mete hasta en los ojos porque según leyó en algún lado nunca hay que olvidarse de los párpados porque sino se me van a quemar y va a ser un desastre.

Yo lloro y grito bien fuerte cada vez para que se de cuenta de que no me gusta pero en este tema en particular el recurso no funciona, está convencida y me unta de arriba a abajo.

Yo no entiendo por qué les gusta tanto llevarme a ese lugar y menos aún por qué insisten en que me tiene que gustar: odio la playa, ¿no se dieron cuenta todavía?

Para empezar toda la movida previa resulta demasiado intensa y agitada para una bebé como yo. Sombrilla, silla, toalla, baldecito, palas, tejo, alitas…La duna se transforma en el Pan de Azúcar cuando el cargamento es tanto. Por suerte papá ya no insiste más con el tema de la carpita playera. La última vez un viento la hizo salir volando y casi “decapita” a un pescador, según le explicó un guardavidas enojado. No sé qué quería decir pero sonaba grave.

Y al llegar… todo es arena. ¿Me pueden explicar qué tiene de especial? La última vez dejé en claro que no pensaba posar mis regordetes pies sobre algo tan húmedo y erizante pero todos insistieron tanto que al final me tuve que dejar ganar. Aplaudían como focas, como si fuera importante. Si al menos me dejaran comerla en paz sería otra cosa. Pero no, no me dejan. Una de mis abuelas dijo que “más que caca con arena no va a ser” pero no le hicieron el más mínimo caso.

La ida al agua tampoco me convence. Me ponen las alitas, el gorrito, el pañal de agua y hasta una camisetita con filtro solar que me trajo Papá Noel, me sientan a prepo en el agua fría y pretenden que me encante. Yo agradezco el esfuerzo, en serio, pero la verdad prefiero bañarme sin ropa y con el agua calentita como en casa.

Si es por la foto para mandar en el whatsapp familiar lo entiendo, yo por mí hago la pantomima y listo. Poso sonriente con mi mallita de volados en la orilla, sin meterme al agua helada del Río de la Plata, y todos contentos.

Igualmente esos son simples detalles. Lo que menos me gusta de todo es que mis padres se comportan de forma extraña. En todo ese rato mamá casi no sonríe y papá no hace chistes. Parecen estresados, pendientes de la hora, preocupados por mi potencial insolación, mi potencial enterocolitis, mi potencial picadura de mangangá.

A mí no me engañan: no lo disfrutan nada de nada. ¿Saben por qué creo que no me gusta ir a la playa? Porque a ellos no les gusta llevarme.

La verdad, si yo supiera hablar les propondría un trato: o le ponemos onda a la aventura playera y la pasamos bien o prefiero quedarme sentadita debajo de un árbol cualquiera, feliz a la sombra, con la brisa despeinándome y con Lola, mi muñeca de trapo, esa que no me dejan llevar a la playa.
Sí, decidido: hoy le voy a dar una oportunidad a las olas y sino voy a tratar de hacer eso.