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Stephanie Biscomb

Co-fundadora de Les Mots, intento de agencia freelancista y excusa para hacer cosas lindas. Ex periodista. Ex carrasquense. Ex veinteañera. No le gusta hablar en tercera persona. Su sueño es ser una de esas personas que hace ejercicio por gusto. @catatonias

Ni muy muy ni tan tan

Siempre fui súper independiente. Mientras todos andaban correteando por los jardines de la vida, yo vivía encerrada en mi cuarto. Me dividía entre tres actividades bien ganadoras y populares. A veces leía unos de los ochenta y nueve libros que me traía mi padre de sus viajes. Cuando me aburría, escribía cuentos donde yo era la protagonista y mandaba a cagar a todos los que osaban hacerme bullying. O, si me sentía más confiada, actuaba mis cuentos como si fueran obras de teatro, cerrando la puerta con llave y recitando mis líneas bien bajito, no vaya a ser que me descubrieran y tuviera que escribir otro cuento mandando a cagar al descubridor.

Mi madre se dividía entre la preocupación por las tendencias ermitañas de su hija y el alivio de no tener que ocuparse de uno de los niños durante horas en la tarde. Yo, en cambio, era súper feliz. Cuando necesitaba interacción social, salía del cuarto y tenía cuatro hermanos con los cuales jugar. Cuando me aburría de eso, volvía al cuarto y listo. Como un perrito.

Quizás eso explique muchas cosas. Por ejemplo, hace seis años que trabajo desde mi casa, en pijama, sin tener que sacarme las lagañas hasta por lo menos las once de la mañana. Durante estos seis años, “mi casa” -o “mi oficina”- ha tenido muchas formas. La casa de mi madre, por ejemplo. La casa de mi padre. La casa que compartía con mi amiga. La casa de mi padre (de nuevo). La casa donde viví absolutamente sola. La casa de mi padre (gracias papá por todo lo que nos das). El monoambiente que compartí con mi novio. Y, finalmente, el apartamento de dos dormitorios donde vivimos ahora.

Me costó muchísimo esfuerzo, dinero y peleas poder seguir laburando desde casa pero hoy, a los 33 años, puedo decir que lo sigo haciendo. Y la única constante que existió en estos seis años es que durante el día estaba -estoy- completamente sola. Mi padre laburaba, mi novio labura, mi amiga laburaba. Así como laburaba yo, pero en sumo silencio y sin que me jodiera nadie.

Y todo así. Hasta que hace un mes y algo adopté un perrito.

Pasa lo siguiente: la independencia está muy demás y sin duda la recomiendo con cinco estrellas sobre cinco. Pero tiene un par de corolarios muy nefastos. Por un lado, siempre está acompañada de una cuota parte de soledad. Laburar por mi cuenta me lleva a cosas que, vistas desde afuera, merecen un pasaje de ida a un psiquiátrico, all inclusive. Mi novio llega a veces a casa después de trabajar y me ve, ahí, con una remera rota y una calza pidiendo pido, todos los pelos despeinados y la boca semi abierta de concentración mientras tipeo como loca en la computadora. “No saliste de casa en todo el día, ¿no?”, me dice. “Mfffm”, le digo yo, afónica de estar conversando todo el día conmigo misma.

Pero la independencia extrema no solo puede convertirte en un zombie feral. He escrito una y otra vez sobre cómo en toda mi vida adulta me ha sido imposible despertarme en hora, dormirme en hora, llegar temprano a un lugar, ser un adulto profesional, serio y normal. Y es que la independencia te convierte en una escéptica de la rutina y la disciplina. ¿Por qué tengo que cenar antes de comer el postre? ¿Quién dictaminó esto? ¿Y si desayuno pizza, quién dijo que no podía? ¿Salir media hora antes? ¿Irme a dormir a una hora normal? ¿Dejar de hacer este quiz de Buzzfeed? ¿Qué soy? ¡¿Una oveja corporativa?!

Ustedes se harán una idea. Y sería la correcta. Pero, bueno, ahora adopté un perro. Ahora mis días empiezan a las siete y media de la mañana entre llantitos y ladridos. Ahora, antes de apoyar mis pompis sobre la silla del escritorio, tengo que limpiar pis y caca, dar de comer, limpiar pis y caca de nuevo, jugar un ratito, mimosear otro y esperar que la bestia considere que es hora de sestear.

Ahora, cada vez que me siento solita, voy y juego un rato. Ahora, ya no hablo sola porque, como bien me dice mi novio, “sospecho que te conseguiste un perro para tener con quién hablar todo el día”.

Capaz tiene razón, porque me siento más acompañada. También más frustrada, impaciente y enojada. Y también más contenta, desestresada y tranquila. Pero sobre todo, me siento más confundida.

Esto de tener un perrito me alteró todos los cimientos sobre los cuales construí mi vida hace ya seis años y más. Justamente porque tener un perrito está bueno. Perder un poco esa independencia y esa fobia a que alguien dependa de ti está bueno. Irse a dormir a la hora que sea sin necesidad de un despertador, también. Finalmente tener tiempo para despertarse tomando mate en las mañanas está muy demás. Tener sueño al terminar el día. Tener quien te pida upa para que les des abrazos.

Y por otro lado, creo que realmente hay que seguir siempre luchando por más independencia, más libertad, más pelos al viento al estilo Beyoncé, más errores de los cuales aprender, más cuentitos donde mandar a cagar a quienes te tratan mal y más cassettes enterrados para poder contar el cuento cuando seamos grandes (esa se las cuento otro día). Quizás, como todo en la vida, el secreto sea encontrar el punto medio. Que convivan la independencia y la dependencia. Que no nos obsesionemos ni con una ni con la otra.

O, quizás, el secreto esté en dormir poco para que no te des cuenta de lo que está pasando. Hace mes y algo tengo un perrito; hace mes y algo que si duermo largo y tendido, es porque estaba soñando sobre dormir largo y tendido antes que me lamieran la cara. Así que no sé; cualquier cosa les aviso.