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Rosana Pombo

Psicóloga, Sexóloga clínica, Terapeuta cognitiva y de parejas. Profesora de Sexología en la Universidad Católica. Dirige el Centro Médico Sexológico PLENUS junto a un equipo interdisciplinario dedicado a la asistencia y la investigación en disfunciones sexuales.

Sexo: él quiere siempre, yo no....

¿Qué hacemos?

Llega una pareja al consultorio, ambos coinciden en que tienen un problema sexual: están insatisfechos con la cantidad y calidad de relaciones sexuales.

 

Según él: “ella nunca tiene ganas”, “lo hace por cumplir”, “si fuera por ella, tendríamos sexo tres veces al año”.

 

Según ella: “él quiere sexo todos los días”, “si fuera por él lo haríamos todo el tiempo”, “si no lo hacemos está irritable, de mal humor, y después de hacerlo, todo vuelve a la calma, está contento y estamos bien”, “cuento los días en que hay que volver a hacerlo y ya no lo tolero más”.

 

Es una consulta frecuente la discrepancia en la frecuencia de las relaciones sexuales. En general, los varones relatan que tienen más apetito sexual que sus parejas, que son los que suelen tener la iniciativa sexual, proponer cosas diferentes, nuevas posiciones, juguetes sexuales, reclaman espontaneidad e iniciativa de sus parejas. Las mujeres, por su parte, refieren que el deseo sexual ha ido mermando con el paso del tiempo, que en general no sienten interés por el sexo y que podrían prescindir de él. Para ellas, con el amor sería suficiente, son las que suelen rescatar que en todo el resto de la relación no tienen problemas, que tienen un buen vínculo, que aman a sus parejas, que suelen compartir y ponerse de acuerdo en  muchas otras cosas, pero que a la hora del sexo no se sienten predispuestas. Aunque generalmente, cuando acceden a la relación sexual, logran excitarse, llegar al orgasmo y en definitiva disfrutar.

 

Estas discrepancias terminan creando una fuente de conflicto que se agranda con los años. Suele afectar no solo la intimidad sino otras áreas que antes funcionaban bien, incluso hasta el futuro de la relación. Si no logran llegar a un funcionamiento satisfactorio, puede llegar a ser motivo de separación y divorcio.

 

Hiperdemanda y frustración vs. pasividad y evitación

Podríamos pensar que la conflictiva pasa por la hiperdemanda sexual masculina. ¿Qué mujer que trabaje, tenga hijos pequeños y hasta siga estudiando, pueda seguirle el tren a un varón como éste? Cualquier gesto afectuoso les viene bien para asociar intensiones de hacerlo y, además, nunca están satisfechos. Solo salva estar con la menstruación, tener alguna afección ginecológica o urinaria, que los niños estén enfermos, se levanten en la noche, y hasta compartan la cama grande. Si hay buenas excusas no habrá razones para el mal humor y vamos zafando.

 

O la conflictiva pasará por el desinterés y pasividad femenina, que desde la convivencia o nacimiento del primer hijo el sexo nunca volvió  a la normalidad. Nunca muestra iniciativa sexual, en la cama es totalmente pasiva, todo lo tiene que hacer el varón, desarrolló un montón de inhibiciones que durante el noviazgo no tenía, ya no desea recibir sexo oral, no le gusta la posición de ella arriba, se queja de que no se ve atractiva, siempre dice estar cansada y sin humor para el sexo, suele mostrarse fría y distante, han bajado sus demostraciones de afecto, evita o rechaza las del varón para no dar pie al sexo, y suele tener un repertorio muy variado de excusas para evitar las relaciones, como preocupaciones laborales o familiares, estrés, sueño, cansancio, dolores varios, etc.

 

El que desea mayor frecuencia siente el rechazo de su pareja como una agresión, indiferencia y desconsideración hacia sus necesidades sexuales y afectivas. Suele dudar sobre su atractivo, su performance sexual, el  amor de su pareja y hasta es fuente de sospecha de infidelidad.

 

Para otra parte, la  presión de tener que convivir con esta situación conlleva una carga emocional muy importante. Son frecuentes las conductas de negación del problema, el silenciarlo para disminuir el nivel de estrés utilizando un repertorio de diferentes estrategias de evitación, o ceder cada tanto “por cumplir”, para evitar una infidelidad, una confrontación más estresante o lo peor, la temida consecuencia de la separación.

 

En general, vemos estos discursos en la consulta. Cada uno tienen una visión de la realidad que suele explicar el problema. Lo que no logan es encontrar una solución satisfactoria para ambos, un equilibrio libre de conflicto.

 

La historia sexual determina la personalidad sexual

 

Antes de negociar frecuencia y calidad, los terapeutas sexuales debemos indagar junto con cada integrante de la pareja y en conjunto, cómo es la personalidad sexual de cada uno. Es decir, si bien al principio de la relación la frecuencia y calidad sexual suele ser compartida, no quiere decir que ambos sean muy sexuales.

 

La etapa del enamoramiento es una fase de la relación que no se debe tomar como muestra para diagnosticar la personalidad sexual de cada uno.  Habrá que indagar en la historia sexual para llegar a ciertas conclusiones que arrojarán luz sobre la vivencia de la sexualidad. Intervienen ciertas variables como su desarrollo psicosexual, junto a la educación sexual, las habilitaciones, permisos y prohibiciones, las censuras, mitos, tabúes y prejuicios. El guión personal a seguir dentro de una relación de pareja, las vivencias acerca de la maternidad, el desarrollo personal, las obligaciones domésticas y laborales, y toda una serie de prioridades que darán lugar o no al ejercicio de la sexualidad.

 

Una vez que cada uno pueda tomar conciencia de cómo es sexualmente, de cómo llegó a ejercer su sexualidad de esta manera y qué factores benefician su predisposición hacia el sexo, así como cuales atentan contra su deseo sexual, estaremos en condiciones de negociar frecuencia y calidad en busca de un punto de equilibrio satisfactorio para ambos.