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Manuela da Silveira

Guionista, conductora de televisión y catadora de pastafrolas. Trabajó en Televisa México, fue redactora en la agencia Punto Ogilvy, guionista y productora de Canal 12. Actualmente co-conduce Sonríe, te estamos grabando y prepara Las 3 gracias un espectáculo de humor.

La verdad de mi milanesa



Una noche mamá puso la mesa y nos sirvió a todos un plato de milanesas con papas fritas y huevos frito. Cuando terminamos de comer nos preguntó: “¿les gustó? Qué bueno, porque es la última vez que van a comer eso en casa. El extractor no funciona bien y la cocina me queda a la miseria”. Recibí ese decreto y lo retuve. "Cada vez que salga a comer afuera debo pedir milanesas con papas fritas, así no ensuciamos la cocina de mamá”. Y así fue. Hasta los 23 años, me costó salir a un restaurante y no pedir fritos. Es una creencia familiar. Creencia que, como todas, rima con exigencia. Un mandato clavado en mi cerebelo, como marca de ganado. Y yo obedezco. No me salgo de la manada. Conozco las milanesas de muchos bares de minutas de Montevideo.

Me llevé varios chascos. Hay mucha basura empanada en esta ciudad. En el nombre de lo frito me topé con muchas vacas nerviosas, y milangas uruguayas, atravesadas por una vena con la forma del Río negro. Un asco. Pero la vida se vive a tropezones y uno tiene que sacarse las ganas.

Nunca serán suficientes milanesas en mi vida. Las amo. Las extraño mientras escribo. Amo las milanesas con la misma intensidad que amo a las croquetas. Amo todo lo que se envuelve en pan rallado para luego freírse. Suelo preferir las de carne. Salvo cuando me siento gorda, que las como de pollo, con la misma ingenuidad con la que meto la panza cuando paso frente a un espejo en una galería. Es arbitrario. No hay normas. Salvo la inevitable desconfianza que me genera una nugget. Desconfiá de la nugget. Siempre. Nunca le des cabida a una pequeña milanesa de pollo con la forma de mapita de Uruguay. ¿Cómo puede ser que todas sean iguales? La única explicación es que se originen en trozos machacados de pollo a los que luego se les atribuye esa silueta patriótica que las asemeja entre sí. Patrañas. Las milanesas deben ser irregulares, únicas e irrepetibles, como las personas.

Hoy leí una frase de Maya Landesman (gran comediante de stand up, cuyo usuario de Twister es: @mayalandes) en Twitter. La cito, porque tocó mi corazón; “Estas cosas escribía en mi diario intimo: "Me sentía triste, sola...después cuando me comí la milanesa de pollo al pan me quedé más tranquila” Gran verdad en 140 caracteres. ¿Acaso existe algún cansancio, angustia, mal humor o calambre de tripa, que una milanga al pan no pueda quitar? Lo dudo. De hecho me animo a decir, que las milanesas en 2 panes son uno de los mejores inventos del  delivery. Cuando quiero desearle lo mejor a una audiencia que responde con calidez a mis chistes les decreto “milangas en 2 panes para todos”. Arriba las milanesas. Sean marineras (empanadas con harina, bien a los 90´s) o al pan rallado. Nunca te dejarán a pata.

Existen grandes debates sobre la guarnición ideal para una milanesa. Algunos teóricos optan por las papas fritas, otros por el puré (uno de los maridajes más perfectos que puede haber, dado que el puré se sube al pedazo de milanesa y lo acompaña sin quitarle su lugar). La culpa postmoderna nos lleva a pedirla con ensalada verde, suceso que termina siendo una desgracia con suerte, dado que si ahogás la lechuga en acheto, la combinación es excelente. Creo que todos tenemos días, pero todos coincidimos en que el arroz es un acompañamiento traicionero. Nada peor que perder tiempo o distraerse al juntar grano por grano de arroz que se resbala del tenedor. El arroz no es buen compañero. Salvo que lo untes en mayonesa y lo conviertas en un puré, que bien podría rebautizarse colesterol en pomo.

Mi cocina tiene buena ventilación, pero confieso que nunca frío milanesas. Las meto al horno, con un  sudorcito de aceite de oliva. Y me encantan. Madurar es comer milanesas al horno. Es honrar a tu madre. Entender a los mayores y darles la razón.

Hacer milanesas es una tarea horrenda. Hay que colocarse un pañuelo en la cabeza para no quedar hediendo a frito durante todo el día. Implica mucho esmero. No está bueno prender el extractor para UNA sola persona. Es un esfuerzo al santo botón. Quién fríe milanesas suele hacerlo para una tropa. Por eso, las milanesas más ricas, las hacen las tías divorciadas. Esas tías que viven en casas grandes, con cocinas limpias y olor a yerba. Sólo aquel que se sienta solo será capaz de ponerse el cuadro al hombro y pasarse una mañana friendo milanesas. Las tías divorciadas siempre se esmeran. De esta forma, la primada volverá a su nido, bajo la clara promesa de “nos vemos pronto Tía. Nadie fríe milangas como tú”.