columnas

Magdalena Piñeyrúa

De chica le escribía poemas a su abuela, luego vivió de redactar avisos para publicidad y hoy escribe un blog sólo por placer. Al ser madre se le multiplicó la verborragia y para no atomizar oídos con sus anécdotas y teorías sobre la maternidad, decidió, oh sorpresa, escribirlas.

Mirando a mi madre

No puedo negar que cuando era chica y sobre todo adolescente, muy seguido experimentaba raptos de vergüenza ajena hacia mi pobre madre. No me siento un monstruo al confesarlo, porque parto de la base de que es algo inherente a las madres. Y que así como yo lo sentí, mis hijos también lo van a sentir algún día o lo que es peor, ya lo sienten.

No eran cosas graves, sino pequeños actos que yo creía que no correspondían a la imagen de madre que me devolvía la publicidad de galletitas Solar o las telenovelas juveniles de la tarde.

Ella puteaba en el auto… y mucho. Palabrotas indescriptibles que obviamente heredé y hoy yo misma repito. No tenía paciencia con las vendedoras… le ganaba la ansiedad. Cantaba con demasiado entusiasmo y en un inglés muy “sacre coeur” para mi gusto. Me acuerdo que entonaba la canción de "La Novicia Rebelde" en su perfecta pronunciación digna de la reina de Inglaterra y yo sólo quería matarla. “Do… a deer… a female deer...”.

Entonces levantaba los ojos hacia el cielo, me mordía el labio con cara de superada y la puteaba internamente entre suspiros y resignación.

No era que no pudiese valorar todo lo maravilloso que tenía o lo buena madre que era, simplemente en esos tiempos me rendía más la vergüenza ajena que el orgullo.

Pero un día todo cambió. Yo ya era grande y estaba en medio de una de esas típicas reuniones familiares donde una presenta a su novio por primera vez. Me acuerdo que alguien mencionó en voz alta una especie de proverbio que decía: “Para saber cómo será el futuro de tu novia hay que mirar cómo es la madre hoy”.

Me acuerdo que enseguida giré la cabeza y miré directamente a mamá.

La miré por dentro y por fuera. En silencio. Miré su entusiasmo, su personalidad facilitadora y sus logros. Miré su generosidad y su coquetería. Miré su inteligencia, su hospitalidad y su apoyo incondicional.

La vi linda, muy linda, desde todos los ángulos.

Y entonces, además de sentir alivio porque mi futuro imaginario pintaba bien ante mi amado, sentí otra cosa mucho más fuerte: Orgullo. De ese orgullo que te hace querer decirle a todos: “Esa es mi mamá”.

No es que ya no supiera todo eso, pero ese ejercicio de mirarla desde afuera me hizo redescubrirla, valorarla más y, sobre todo, me hace hoy agradecerle a la vida por tenerla siempre tan cerca.

Hoy mi madre cumple 70 años. Y aunque hace un rato ya le conté justamente este relato, igualmente quise gritarlo a los cuatro vientos y compartirlo también aquí.

Porque hoy me río de la vergüenza ajena. Y elijo el orgullo.